¡ESA BENDITA LLUVIA...!
La primera vez que abrí los ojos contemplé unos labios rojos y sonrientes. Recorrí lentamente el rostro hasta tropezar con una mirada azul como el firmamento. Percibí enseguida el amor que por mí sentía aquella hermosa criatura y me dejé abrazar e instalar en su regazo que olía a lavanda. Ese fue mi lecho durante varios meses, y de su mano bebí la leche que me fortaleció. Laura, mi dulce amiga, me mimaba y me entregaba el corazón en cada caricia.
Con el tiempo, deseé que me dejara en el suelo. No hizo falta que se lo pidiese, me depositó con sumo cuidado, como si temiera que me rompiese. Pero yo no era ningún juguete y sabia que debía moverme poco a poco para no caerme. Días después ya corría alegremente perseguido por Laura.
Aquellos meses de intensa felicidad se quebraron una tarde de lluvia. Nunca había visto caer agua del cielo. Yo la bebía, cristalina y fresca, de la fuente del patio. Por ello, me quedé atónito al conocer la existencia de la lluvia y mi curiosidad me llevó a asomar la cabeza por el portón de la entrada de casa. Anhelaba contemplar la espesa cortina cuyo repiqueteo sobre el techo me había despertado de la siesta vespertina. Nunca, hasta aquel infausto día, había ansiado salir de casa. No pensé que mi descubrimiento me alejaría de mi amiga, como así sucedió.
Cuando me asomé, con la cabeza levantada hacia el cielo y la boca abierta hacia la lluvia, el negro firmamento me cayó encima y no percibí el agua que esperaba sino una tela que se empapaba por momentos y me impedía respirar. Me moví inquieto anhelando escapar de la tela que me ahogaba y de los rudos brazos que me estrujaban. Grité llamando a Laura. Intenté morder. Lloré. Me dormí.
Cuando desperté estaba encerrado en una inmunda jaula. El ruido que hacían mis congéneres, prisioneros como yo, resultaba ensordecedor. Yo, acostumbrado al cariño y a la dulce voz infantil de mi amiga, pensé que estaba viviendo una pesadilla de la que despertaría en los brazos de Laura. Pero no fue así.
Pronto me dieron un plato de arroz blanco para que comiera. Estaba asquerosamente salado y apenas me habían puesto agua. Entonces recordé con avaricia la inmensa lluvia que había estado apunto de beber horas antes y supe que no volvería a ver a Laura. Era un prisionero más en aquella casa vieja y desnutrida. Pensé en el hermoso palacio en el que había vivido y lloré de impotencia ante mi estupidez. Nunca debí meterme a explorar...
Días después supe que me habían secuestrado para que luchara con mis vecinos de jaula, que nunca serían mis amigos, pues de la enemistad dependían nuestras vidas.
Así que pasé de morar en un palacio a habitar en una mazmorra; de ser acariciado, a vivir perpetuamente maltratado; de amar, a odiar y a luchar por la supervivencia. Me convertí en un perro de pelea, un perro valioso para mis captores, porque ganaba todas las batallas.
Pero mi éxito en las peleas me trajo la desgracia, puesto que todos apostaban por mí y asi no habia ganancias. Por ello, mis dueños empezaron a no alimentarme, ya que era conveniente que perdiera de vez en cuando, pues así mareaban las apuestas. Pero yo me esforzaba por vencer para sobrevivir y volver con Laura. Entonces comenzaron las crueles palizas cuyo fin era debilitarme.
En otra tarde lluviosa yacía abandonado y sin esperanza en la jaula. La ilusión me había abandonado hacía tiempo. La lluvia arreciaba y el firmamento lucía colores de luto. Uno de los dueños del tugurio de apuestas vino a darme de comer. Cuando acababa de depositar el plato, lo llamaron urgentemente porque, a causa de la fuerte lluvia, se habia derrumbado una parte de la pared trasera de la miserable casa. Con las prisas, se olvidó de cerrar la puerta de mi prisión. Alargué la mano y abrí la portezuela que me separaba de la libertad. Corrí como una bala hacia la pared caida y, sin que pudieran atraparme, volé como un pájaro hacia la calle.
Empecé a trotar con desesperación. A lo lejos vislumbré el hermoso palacio en el que habitaba Laura. El corazon me latia con fuerza, pues sentía una mezcla de esperanza y de miedo, pues había transcurrido mucho tiempo y temía que no me reconociese o que me hubiera sustituido por otro.
El pavor me hizo frenar la carrera y entonces contemplé a una hermosa congénere que paseaba radiante bajo la lluvia. Me uní a ella. La miré. Era bella. Ambos caminábamos felices bajo las punzantes y frías gotas, calados hasta la médula, pero libres.
Era maravillosa la gran explanada que nos rodeaba. El mar, a nuestra derecha, realizaba saltos mortales sobre la plaza, amenazando con invadirla. A lo lejos, el rojo palacio de Laura se erigía altivo.
De pronto, llegó hasta mi nariz un suave aroma de lavanda. Volví la cabeza y contemplé a Laura. Caminaba, abrazada por su madre, bajo un paraguas. Mis ojos se humedecieron por la emoción que me embargó. Me habían raptado siendo un cachorro y volvía como perro apaleado y enamorado de otra. Por un instante pensé en abandonar a Laura, pensé en ser egoísta e irme con mi amor, un amor que sabía que me aceptaría como era. Pero la lluvia, esa maldita lluvia que me alejó de ella, esa bendita lluvia que me trajo a ella, me murmuró que no fuera cobarde. Decidí dar una oportunidad a mi amiga, aunque tal vez ni me recordara, y me dirigí valientemente hacia ella.
Maria Oreto Martínez Sanchis
