IMPRESIONES BAJO UNA OLA DE CALOR
Confieso que soy una de esas locas personas que goza de pasear sin paraguas bajo la melena fina del agua. Disfruto del cosquilleo y del frescor de las sabias gotas de vida que punzan con dulzura mi rostro. Su alegría me hace sentir viva, libre y carente de prejuicios.
Mi vida es un espejismo en el que se mezclan dicha y sinsabor en partes equilibradas, pero hablo de "vida" porque existe el agua. Los seres vivos somos en gran parte líquido y, sin él, no sería posible la vida en la Tierra, el planeta azul cuyas dos terceras partes están cubiertas del líquido elemento.
Pero vivimos días de "espíritu amarillo" en los que observamos que la existencia humana está experimentando un retroceso, sobre todo en valores. Las causas son diversas: Las guerras, la polución atmosférica, las desigualdades sociales, la corrupción, la sequía.
Hoy la guerra está a la orden del día. Los fundamentalismos, sean de la índole que sean, nos conducen al desastre, tanto ecológico como demográfico. Las guerras envenenan la atmósfera y ello produce una muerte lenta que, ignorada por la mayoría, avanza inexorablemente. Es una muerte invisible, aparentemente impredecible, que solo podemos ver cuando llega.
La ambición del ser humano posibilita las guerras, porque los traficantes de armas se lucran con la desgracia ajena. Pero es que, realmente, dicho infortunio no es ajeno a nadie, ni siquiera a los listillos que venden la muerte. Las guerras contaminan el aire y, junto con la polución industrial y los vertidos petrolíferos, posibilitan esa lluvia ácida que está destrozando un planeta azul que pronto será gris.
Acabo de unir tres de las causas que conducirán a la destrucción de nuestro entorno: La guerra, que enriquece a unos pocos descerebrados que ignoran que están contribuyendo al envenenamiento de nuestro planeta, al calentamiento global, con la consiguiente licuación de los polos y el aumento de la temperatura del planeta. A este paso, señores, pronto se nos achicharrarán las ideas en los días de estío.
Y es que guerra y polución atmosférica están tan íntimamente unidos como un matrimonio, aunque sus esponsales no sean una bendición divina, sino que que se producen únicamente por avaricia, uno de los siete pecados mortales.
He nombrado los fundamentalismos como causa de las guerras y de nuestra muerte anunciada, pero si los bandos contendientes no pudiesen adquirir armas de destrucción masiva, solo usarían cuchillos o machetes, con lo cual el número de víctimas sería infinitamente menor y la población mundial no se vería amenazada por la toxicidad atmosférica.
Soy pacifista, pero considero más puro un combate a puñetazos, que solo perjudica a los contrincantes, que las guerras químicas que sufrimos, porque las padecemos indirectamente aunque no estemos involucrados. El tráfico de armas ayuda a la destrucción del planeta, a la contaminación de sus aguas y a la falta de lluvia.
He comentado, indirectamente, las desigualdades sociales patentes en nuestro mundo, que contribuyen a los levantamientos y a la inestabilidad que hoy venimos sufriendo. Los desheredados acaban por rebelarse contra las fuerzas opresoras, es una ley histórica sin la cual seguiríamos viviendo en la Edad de Piedra. Dichos alzamientos están relacionados, a veces, con guerras y, por tanto, con la destrucción de nuestro planeta y la consiguiente falta de lluvia, tan necesaria para la supervivencia humana, animal y vegetal.
Esas desigualdades sociales son, en gran parte, fruto de una sociedad decadente carente de valores, en la que impera la corrupción y la avaricia. La mayoría de los seres humanos vive para enriquecerse sin importarle los medios. Los que no lo consiguen porque no es su ideal, o no pueden, forman parte de los desheredados que el día de mañana acabarán por rebelarse, porque es ley de vida. Como vemos, si no recuperamos los valores, estamos abocados a la destrucción de un planeta cuyas aguas y cuyo aire dejarán de sernos útiles porque estarán envenenados. La lluvia dejará de ser purificadora y signo de vida para convertirse en nuestra peor enemiga: Lluvia ácida contaminada y destructiva.
Ciertamente la vida puede desaparecer en la Tierra por falta de agua. Sabemos que en muchas zonas cada vez llueve menos y, cuando lo hace, se producen cataclismos a causa de la virulencia con que nos obsequia la lluvia. Aún estamos a tiempo de salvar la vida en la Tierra, pero existen pocas personas valientes, honradas y con poder dispuestas a ello. Salvar la Tierra significa renunciar a la grotesca ambición pecuniaria, ello no resulta fácil para nadie, y menos para los poderosos, que son los que ejercen el mando.
Solo una educación en valores, sean o no cristianos, respetuosa con el medio ambiente y la vida, que enseñe a respetar el planeta para que la lluvia sea la fuente viva y purificadora que nos conceda el don de la existencia, puede reconducir el camino mal andado. Los valores altruistas son la magia que hemos de inculcar a nuestros herederos.
SOLO ASÍ, LA LLUVIA REINARÁ Y EL PLANETA SE SALVARÁ.
Maria Oreto Martínez Sanchis
