El secreto de la
caracola
En el mundo de los
sueños, Joao imaginó que jugaba con una hermosa caracola de oro
sobre el parqué de su casa, no sobre la arena, no. Y es que lo
sueños poseen el encanto de trasladar al durmiente más allá del
mundo real, a un mundo onírico pletórico de belleza.
Joao escuchaba con
deleite el atractivo sonido de las olas marinas y deseó fundirse con
unas aguas que solo le producían felicidad. Y es que el niño,
aunque vivía en una hermosa casa que muchos otros hubiesen
envidiado, no era feliz, pues siempre estaba de viaje del colegio, en
el que estaba interno, a casa, y de esta al colegio. No existía en
su vida la hermosa naturaleza, el canto de los pájaros le sonaba
lejano. La suya era la vida de un urbanita que anhelaba convertirse
en marinero para disfrutar de los atardeceres en el mar, del sonido
de las gaviotas a la pesca de algún pececillo que se dejase
atrapar. Joao no era feliz porque no encontraba el amor de sus
padres, demasiado ocupados para cuidar del hijo que un día tanto
habían ansiado.
El lejano sonido del mar,
que percibía a través de la bella caracola, se hizo más cercano y
Joao vio en sueños a un capitán que navegaba a la deriva en su
sofá. Parecía haberse embriagado y estar durmiendo la resaca sobre
un cojín próximo. Sonreía dichoso arrastrado por una mar en calma.
Joao empezó a
preocuparse por la suerte que pudiese correr el capitán, y tanta
llegó a ser su angustia que intentó levantarse de la cama para
lanzarse al mar a salvar al pobre marinero en apuros. Mientras se
debatía contra las corrientes marinas que parecían haberlo
atrapado, escuchó un fuerte estruendo dentro de la caracola y se
despertó asustado. En medio del mar bogaba, arrastrado por una tenue
corriente, pero ya no era el niño que se había acostado con la
desgracia a cuestas como bagaje, sino un mocetón con tatuajes y
cabello de marinero que, indudablemente había realizado su sueño a
través de una hermosa caracola de oro. El salto en el tiempo lo dejó
atónito, puesto que desconocía si era un niño horas antes o había
soñado ser un niño desgraciado y siempre había sido un hombre.
Solo supo dejar caer la caracola y sonreír pletórico de amor a una
naturaleza de la que podía disfrutar. Cogió los remos del bote,
pues de un bote se trataba en realidad, y se deslizó sobre las aguas
en busca de una suave arena en la que descansar.
Maria Oreto Martínez
Sanchis
