diumenge, 12 d’abril del 2015

EL SECRETO DE LA CARACOLA


El secreto de la caracola


En el mundo de los sueños, Joao imaginó que jugaba con una hermosa caracola de oro sobre el parqué de su casa, no sobre la arena, no. Y es que lo sueños poseen el encanto de trasladar al durmiente más allá del mundo real, a un mundo onírico pletórico de belleza.

Joao escuchaba con deleite el atractivo sonido de las olas marinas y deseó fundirse con unas aguas que solo le producían felicidad. Y es que el niño, aunque vivía en una hermosa casa que muchos otros hubiesen envidiado, no era feliz, pues siempre estaba de viaje del colegio, en el que estaba interno, a casa, y de esta al colegio. No existía en su vida la hermosa naturaleza, el canto de los pájaros le sonaba lejano. La suya era la vida de un urbanita que anhelaba convertirse en marinero para disfrutar de los atardeceres en el mar, del sonido de las gaviotas a la pesca de algún pececillo que se dejase atrapar. Joao no era feliz porque no encontraba el amor de sus padres, demasiado ocupados para cuidar del hijo que un día tanto habían ansiado.

El lejano sonido del mar, que percibía a través de la bella caracola, se hizo más cercano y Joao vio en sueños a un capitán que navegaba a la deriva en su sofá. Parecía haberse embriagado y estar durmiendo la resaca sobre un cojín próximo. Sonreía dichoso arrastrado por una mar en calma.

Joao empezó a preocuparse por la suerte que pudiese correr el capitán, y tanta llegó a ser su angustia que intentó levantarse de la cama para lanzarse al mar a salvar al pobre marinero en apuros. Mientras se debatía contra las corrientes marinas que parecían haberlo atrapado, escuchó un fuerte estruendo dentro de la caracola y se despertó asustado. En medio del mar bogaba, arrastrado por una tenue corriente, pero ya no era el niño que se había acostado con la desgracia a cuestas como bagaje, sino un mocetón con tatuajes y cabello de marinero que, indudablemente había realizado su sueño a través de una hermosa caracola de oro. El salto en el tiempo lo dejó atónito, puesto que desconocía si era un niño horas antes o había soñado ser un niño desgraciado y siempre había sido un hombre. Solo supo dejar caer la caracola y sonreír pletórico de amor a una naturaleza de la que podía disfrutar. Cogió los remos del bote, pues de un bote se trataba en realidad, y se deslizó sobre las aguas en busca de una suave arena en la que descansar.


Maria Oreto Martínez Sanchis