LAS CUATRO ESTACIONES
La aurora asomaba su colorido manto cuando en el bosque se escuchó un estornudo lejano. Era Primavera que, aterida de frío, se desperezaba después del crudo invierno. Pronto extendió su aroma por todas las partes del globo. Cantaban los ríos, se formaban los pétalos de las flores cuya fragancia inundaba el mundo de un mensaje de amor.
Primavera es la más pequeña de las hermanas Estaciones que alumbran el planeta Tierra, cada una con su carácter. La pequeñuela es revoltosa, gusta de jugar con las nieves que consigue robar a su hermana mayor, llamada Invierno. En esta estación la vida se congela, los frutos desaparecen y el orbe ansía cubrirse con capas cerca del hogar.
Pero Primavera es todo alegría, ríos caudalosos, aldeas sonrientes, perfume de flores. De entre las cuatro Estaciones, es la más temperada, la más mimada por sus hermanas más extremas. A medida que transcurren sus meses de vida, va perdiendo su inocencia para acercarse a su hermana Verano, mucho más fogosa.
Las cuatro hermanas están al servicio de un mundo mejor, por ello, su tránsito es gradual y siempre se produce en el mismo orden. ¿Alguien puede pensar que después del frío extremo llegue el calor extremo? Los seres humanos pereceríamos sin este cambio gradual.
Verano es la hermana más coqueta y la más guapa. Sus mejillas ruborosas conquistan los corazones de los hombres más intrépidos. También es la más trabajadora, junto con Otoño. Primavera e Invierno, a pesar de su belleza, son las más holgazanas. La primera se dedica a lucir sus flores y la segunda a calentarse, junto al fuego, del frío que acumula en su corazón, pues es la estación más dura y vive siempre aterida. A veces recoge frutos tardíos que se engendraron en primavera y han tardado en madurar.
Verano extiende sus hermosos brazos cubiertos de rubíes y con ellos calienta los corazones sedientos de paz y de amor. A veces, la temperatura llega a ser tan alta que las pasiones entre los seres humanos se desbocan hasta que se transforman en auténticas fieras enamoradas.
Pero Verano trabaja constantemente cosechando frutos que servirán de alimento a los seres humanos. A veces, sin embargo, su hermana Otoño le gana la carrera, y llega inesperadamente a la meta sin ser invitada. Entonces llueve a mares y las inundaciones cubren las aldeas de barro y miseria. Verano llora ante la impuntualidad de su hermana, que no ha cumplido el pacto de realizar un cambio gradual. Otras veces es Verano la que se relaja y quita su espacio a Otoño, cosa que impide que sus frutos lleguen en la hora prevista. Se adelantan o se pudren.
Todas las hermanas se aman entre sí, pero así como la pequeña Primavera es la más querida, la dura Invierno es la más temida. También por el ser humano, que bien conoce de las tragedias que ocurren en esta estación. Sin embargo, bien cierto es que, sin su dureza, no sería posible la vida, que va asociada indisolublemente a la muerte. Ambas son gemelas, nacidas de un mismo útero, pero contrarias en afectos. Es necesario que Invierno ponga orden entre los seres humanos, aunque ello conlleve la muerte, como también lo es que Primavera o Verano den alegría y frutos a sus corazones y a sus estómagos. Otoño es la transición de la dulzura a la dureza, de la pasión al olvido, pero también trae los hermosos frutos que permiten la vida.
Todos sentimos nostalgia de la alegría de Primavera, de los dorados rayos de sol de Verano, incluso de las ocres hojas que derriba Otoño con sus ventoleras… ¡Qué pocos sienten nostalgia del crudo Invierno, que castiga la vida, aunque sea necesario para su existencia! Sin las cuatro estaciones no sería posible la supervivencia humana.
Maria Oreto Martínez Sanchis
