dilluns, 11 de maig del 2015

TERESA

TERESA

Nació un caluroso dieciséis de agosto y le pusieron por nombre Teresa como a su madre, mi abuela. Era una flor de jazmín con las mejillas del color de las amapolas. Sus ojos eran azules pero el tiempo los convirtió en grises nubes sonrientes. Sus labios en forma de corazón constituían la firme promesa de sensualidad que reluciría en la juventud.
Pese a la belleza que yo siempre contemplé en mi madre, no dejo de pensar que su vida fue muy dura. Con seis años de edad, sentada en el suelo en el campo, elegía qué cebollas eran aptas y cuáles no. Ella no recordaba ese episodio de su vida, fue mi padre, que entonces contaba diez años, el que se lo contó cuando empezaron a salir.
Mi madre se crió como un potrillo que gustaba de perseguir a sus dos hermanos mayores. Corría y corría hasta que los alcanzaba, a no ser que consiguiesen zafarse de ella, cosa que ocurría frecuentemente porque ellos salían con amigos propios y no deseaban llevar consigo a la mocosa de su hermana pequeña.
Teresa creció y se convirtió en una bella joven muy delgada de ojos grises que irradiaban felicidad. Y es que, a pesar de la enfermedad que pronto la acorraló, siempre se sintió feliz y llena de vida. El bocio estuvo apunto de arruinarle la existencia y sufrió luchando hasta conseguir, con la ayuda médica, vencer la enfermedad, que le había deformado el cuello con un indecente bulto. Padeció de hipertiroidismo, como años después sufrí yo.
La etapa mejor de su vida fue el festeo y el casamiento con mi padre, el hombre con el que fue muy feliz. Pero el Señor y la mala suerte no permitieron que tuviesen más hijos que yo. Nací a los cuatro años de matrimonio, cuando todo el mundo pensaba que no tendrían hijos porque mi madre tenía abortos espontáneos. Al año de casada le extirparon un ovario porque tenía un tumor y solo le quedó uno para concebir.
Cuando hablo del sufrimiento de mi madre, no hablo en broma. Tuvo muchos abortos y lloró como una Magdalena los frutos de amor no madurados, esos frutos que se lleva una ventolera o la cellisca. Ambos ansiaban ser padre de tres hijos por lo menos y yo fui el único fruto que llegó a madurar después de casi todo el embarazo en cama.
Cuando yo tenía siete años y mi madre treinta y seis, sufrió el último aborto. Era un niñode siete meses que, según mi padre, se parecía a ella. En la clínica, donde había sido ingresada de urgencia, le dieron a elegir a mi padre entre la vida de su esposa o la de su hijo. Él, que siempre la amó más que a su vida, eligió la vida de su esposa. Yo enmudecí y ya no volví a pedir un hermanito. Había visto a mi madre a las puertas de la muerte. Mi carácter alegre se volvió huraño y dejé de hablar con ilusión.
Pasaron los años y pude olvidar. Me convertí en la adolescente a la que" mamá compra ropa sin que lo sepa papá". Y es que en mi casa no abundaba el dinero y mi madre tenía caprichos para su única hija.
Después de treinta y cinco años de felicidad, falleció mi padre. Yo contaba con veinticinco años. Fue tanto el dolor que sintió que en poco tiempo se le declaró la enfermedad de Parkinson. Y es que no quería llorar para no preocuparme a mí. Y el dolor se ha de expulsar con el llanto, sino se atraganta y aparece en forma de enfermedad. Mi madre lleva veintiocho años enferma. Aún así, y a pesar de caminar con andador, espero que me dure muchos años. Cada uno que pasa es un triunfo sobre la muerte, que al final saldrá vencedora.

Maria Oreto Martínez Sanchis