divendres, 10 de juliol del 2015
LA HIGUERA
LA HIGUERA
Cuando me sumerjo en esos dulces sueños que me transportan con las alas de los ángeles a mi infancia, siempre está presente el episodio que me acaeció una hermosa tarde estival bajo mi amada y lozana higuera. Y es que sí, señores, yo soy sueña de dos higueras: una delgaducha y enfermiza, que produce higos blancos; y otra, centenaria y de copa harto frondosa, que produce higos rojos.
Mis tatarabuelos paternos poseían una enorme extensión de tierra en la montaña, cerca de la acequia de la Reva. Entre sus propiedades, existía una casa rural de unos doscientos metros cuadrados que tenía delante dos higueras.
A mis once años, después de un duro curso escolar que me había dejado enferma y en los huesos, mi padre pidió a su madre la llave de la casa rural para ir a veranear. Primero limpió de hierbajos el patio interior y luego la encaló con todo su amor. Aunque la casa era muy grande, solo constaba de dos habitáculos: un salón con chimenea, en el que se podía guisar y en el que cabian dos camas, y un excusado al fondo del patio. El resto de la casa gritaba desesperadamente a sus dueños que la edificasen. Pero mi abuela estaba sorda.
Llegué con fiebre a aquella casa desconocida. Mi madre me preparó una hamaca debajo de la higuera frondosa y alli pasé unos cuantos días, protegida de los curiosos rayos de sol, que intentaban escudriñar quién era el nuevo miembro de la pequeña urbanización de casitas encaladas. No obstante, la higuera me protegió y ni uno solo consiguió atravesar su barrera.
Pronto acudieron a visitarme los niños que veraneaban en otras viviendas y, debajo de mi higuera, nos contamos los más hermosos secretos, jugamos, y reímos, como solo pueden hacerlo las criaturas que desconocen el mal.
Cuando me repuse, mi padre me enseñó a nadar en la acequia y un amigo consiguió que osara lanzarme de cabeza. Mes y medio después de mi llegada al humilde paraíso de mis antepasados, me había transformado en una salvaje que solo usaba el bañador. Estaba morena, hambrienta de comida y de vida, y había aprendido una cosa que siempre había temido: a nadar.
Por la noche, como no teníamos luz eléctrica, nos reuníamos todos los vecinos a la puerta de mi casa, situada en la zona más elevada, y allí gozábamos charlando, contando historias y, sobre todo, riendo. La televisión no era necesaria para que la dicha nos embargase.
En esas noches de luna, las estrellas titilaban con un fulgor que no he contemplado en ninguna otra parte. Mi higuera, silente, escuchaba las hermosas historias que revivían, como fantasmas, del pasado, de un pasado recordado con vehemencia y amor por los contertulios. Mientras, el rocío refrescaba los brotes de su cima.
Todas las tardes, después de comer, dormíamos la siesta. Luego, nos situábamos a los pies de mi higuera a charlar. La sombra de la copa y la brisa crepuscular nos reponían de los calores diurnos.
Una tarde de tantas en las que yo estaba escuchando a los mayores medio adormecida en la hamaca, escuchamos un ruido súbito en las alturas y algo que corría me cayó sobre la cabeza.
El señor Luis fue el primero en llevarse la sorpresa, una sorpresa que lo dejó paralizado y con los ojos fuera de las órbitas. Mi padre y yo luchamos para desprender de mi cabello aquella "sorpresa" escurridiza. Finalmente conseguimos apartar tres lagartijas de entre mis trenzas. Habían caído jugando de su madriguera, situada en la copa de la higuera.
El señor Luis se había quedado paralizado por el terror que sentía hacia estos reptiles. Yo, a mi vez, experimenté un pánico atroz cuando descubrí cuál era la índole de la "sorpresa".
Durante varios años veraneamos en nuestra casa de campo, años en los que fui muy feliz y amé especialmente a aquella higuera cuyos sabrosos frutos me devolvían la vida.
Aún recuerdo con todo mi amor este árbol familiar que me regaló a sus hijos para fortalecerme, que me obsequió con su sombra y su amor. Siempre la recordaré, siempre vivirá en mi corazón, aunque, tal vez, nunca vuelva a contemplar su hermosa estampa salvaje.
Me pregunto si, cuando dejé de ir a visitarla en verano, ella se quedó esperándome. Me pregunto si aún esperará mis mimos, verano tras verano, melancólica por la injusticia de un ser humano que le dio amor para luego olvidarla. Me pregunto si, abandonada y sola, aún se acordará de la alegría de aquellos días de felicidad.
Maria Oreto Martínez Sanchis
