dissabte, 25 de juliol del 2015

LADRÓN DE TUMBAS


LADRÓN DE TUMBAS



En una noche de frío invierno, un anciano compartía sus recuerdos con el único nieto que Dios le había concedido en su divina Providencia. Durante años, al ver que el matrimonio de su hijo no daba fruto, temió haber sido castigado por su osadía juvenil de la que abominaba, pero que tan necesaria había sido para su vida. En uno de esos momentos de penitencia el guiño amargo de sus ojos llorosos debió de apiadar al Señor, que le regaló un brote a su maltrecho árbol. Aquella ramita delgada, pero fuerte, era su nieto Miguel.



Rogelio contaba a su nieto sus vivencias de infancia y juventud. Su deje nostálgico y triste, a la vez, demostraba el sufrimiento de la vida infantil cuya carga había resultado excesivamente pesada. Había quedado huérfano a los diez años y era el mayor de cinco hermanos. Apenas si recordaba a sus padres, que pertenecían a familias muy humildes. No obstante, mientras habían vivido, no había faltado el pan en casa; pero, una vez asesinados por ser meros transeuntes que cruzaron asustados una manifestación anarquista en medio de una carga policial, la hambruna y la desesperación se apoderó de la casita encalada y limpia, situada a las afueras de la población.



Nadie reclamó a los huérfanos. Nadie quiso hacerse cargo de sus tristes vidas. Nadie juzgó a los asesinos que habían segado dos jóvenes vidas inocentes, pues se les consideró daños colaterales de la legítima represión. Y es que el movimiento obrero estaba en auge, pues el proletariado, víctima de los abusos del capitalista sin escrúpulos, había empezado a politizarse y a radicalizarse.



"Afortunadamente -contaba Rogelio- importábamos tan poco al mundo mis hermanos y yo, que se nos dejó a nuestra suerte y no nos ingresaron en ningún orfanato, por lo que pudimos vivir todos juntos".



Pero los escasos recursos familiares se agotaban y Rogelio, como hermano mayor, empezó a buscar un trabajo para mantener a sus hermanitos, pues el menor tan solo contaba tres años de edad.



Abandonados por una sociedad que los miraba como una lacra, porque representaban aquello que no deseaba admitir, una pobreza generalizada entre la mayoría humilde, empezaron a buscar oficio los dos hermanos mayores.



Pero la sociedad hipócrita de misa diaria se mostró hostil con unos pequeñuelos cuyo único anhelo era trabajar para sobrevivir. Aquellos huérfanos eran una bofetada en pleno rostro del Capital, pues eran hijos del terrorismo que este había sembrado para controlar a los trabajadores. No solo sus padres habían sido víctimas colaterales, ellos también lo fueron, pues los fabricantes prefirieron hacer caso omiso de su desgracia y seguir viviendo en la gloria del Señor, sin ocuparse del prójimo. No les dieron trabajo.



Fue un ladrón que habitaba cerca de la casucha de Rogelio el único que le ofreció trabajo. No se trataba de aprender un oficio, como hubiese deseado el pequeño, sino de ayudarlo a desvalijar a aquellos que no necesitaban joyas en un "mundo mejor". Había de robar a los muertos.



El vello del pequeño y enjuto cuerpo de Rogelio se erizó de pavor, pues temía que la furia de los fantasmas lo persiguiera ante semejante sacrilegio. Pero Telmo, que así se llamaba el vecino, lo tranquilizó: "Rogelio, hijo, nunca temas a los muertos, puesto que descansan en la paz del regazo del Señor, como hijos suyos que son. Debes temer a los vivos. Ellos, con su egoísmo, sí son capaces de hacerte daño, incluso de mataros de hambre, a tus hermanos y a ti". Esas palabras conmovieron el recio corazín del niño, que no pudo evitar derramar las primeras lágrimas después de la muerte cruenta de sus padres.



Al día siguiente, Rogelio se levantó antes que cantara el gallo. Telmo lo recogió en su carro, conducido por un viejo caballo maloliente, y ambos se dirigieron al cementerio del pueblo, anexo a la hermosa iglesia que, encorsetada, siempre miraba al cielo, incapaz de ver lo que pasaba en la Tierra.



Al llegar ante el Campo Santo, una ráfaga de aire frío turbó la mente de Rogelio que, al descender del carro, solo divisó las sombras de dos viandantes: una anciana solitaria y desamparada, vestida de negro, y un vendedor de leña, con su haz colgado a la espalda. Respiró tranquilo. Nadie se había percatado de su presencia.



Aquella madrugada, saltaron la tapia del cementerio para turbar el descanso eterno de los muertos. Asaltaron dos tumbas del panteón de los Alcántara, la familia más rica del pueblo. El marmóreo edificio estaba abierto porque, por la mañana, iban a devolver a la tierra al anciano Alcántara, y los criados habían pasado todo el día anterior limpiándolo.



El botín en joyas que consiguieron los retiró durante unos meses de la circulación. Rogelio cultivaba el pequeño terreno anexo a la casa y, con las verduras y legumbres que obtenía, alimentaba a sus hermanos. El dinero que le pagó Telmo por su ayuda sirvió para comprar carne, leche y pan. También para pagar la ropa que permitió a sus hermanos asistir a la escuela.



Rogelio no soñó con las calaveras de las mujeres cuyas joyas había robado aquella fría mañana; de hecho, dejó de soñar, pues su única preocupación eran sus hermanos y la administración del dinero ganado.



Pasaron los años y el esmirriado niño, convertido ya en hombre, heredó el carro de Telmo, que falleció de tuberculosis. Nadie se explicaba cómo un niño de diez años había sacado adelante a sus hermanos y había conseguido darles estudios, de manera que tenían buenos oficios porque eran inteligentes y trabajadores. Nadie se atrevió a preguntárselo porque no tenía derecho.



Despues de veinte años de oficio, y con mucho dinero ahorrado, Rogelio decidió abandonar el pillaje, comprar tierras y dedicarse a la agricultura. Él era el único de los hermanos sin estudios. Todo lo había sacrificadi por su familia.



Influyó en sus nuevos deseos el gran amor que le inspiró Cordelia, la hija del zapatero. Anhelaba casarse y tener hijos con la hermosa joven. Ella, que lo amaba más que la Tierra al Sol, le rogó que abandonase el oficio, puesto que ya había cumplido con sus hermanos, para dedicar sus hábiles manos a labrar la tierra.



Rogelio vendió el carro y llevó a su amada, al amanecer, frente al cementerio. Los cipreses danzaban al compás de la brisa matutina. Al otro lado del Campo Santo, ambos contemplaron el carro de Telmo, tirado por un caballo nuevo, que se detenía unos metros más allá de la puerta del lugar sagrado. Rogelio atrajo a Cordelia hacia sí y estampó un ardiente beso en sus labios de madrugada.



*Labios de madrugada: labios fríos.



Maria Oreto Martínez Sanchis