divendres, 17 de juliol del 2015

LOS OLVIDADOS


Las clases favorecidas por la diosa Fortuna disfrutaron y siguen gozando de la vida con una despreocupación que siempre me asombrará. Y es que el mundo no evoluciona. Continúa siendo Don Dinero el que gobierna la existencia.


Don Dinero es un señor opulento y egoísta que, como Narciso, solo se ve a sí mismo en todo aquello que contempla o toca. Nunca piensa en ese prójimo, tan hijo de Dios como él, que apenas malvive con el salario que percibe por su excesivo trabajo.



Los súbditos de Don Dinero visten las galas de la felicidad, del bienestar, de la alegría y del poder, hermosas muselinas y gasas que no les permiten conocer el altruismo de las horas serenas, a pesar de ser casi transparentes. Sin embargo, la venda que rodea sus codiciosos ojos es mucho más tupida que las frescas muselinas, por ello son incapaces de ver el orbe tal cual es para solo contemplar, como Narciso, su propia imagen.



La elegancia de los bailes campestres ofrecidos por los súbditos de Don Dinero muestra a las claras la farsa interpretada, porque el campo es hermoso, pero los campesinos saben bien cómo deben vestir para vivir en él. Esta farsa forma parte de las horae ingratae de la vida, pues en ellas solo disfrutan unos pocos privilegiados. Son las almas holgazanas y vampiras que explotan a la mayoría de los seres humanos.



Solo los seres que viven de su trabajo y luchan, día a día, por un ideal son los que experimentan los momentos de placer de esas horas serenas de descanso y diversión: cerca del fuego, en invierno; a orillas del canto de un río, en verano. No se emperifollan con galas de seda, que no podrían comprar; ni sus manos son finas como el mármol. Se atavían con ropa limpia, pero harapienta, y sus manos son una costra dura fruto del arduo trabajo. Pero todo ello los ennoblece.



Por ello, cuando los domingos se permiten salir a respirar el aire puro del campo y alejarse del humo de las fábricas, sus horas son maravillosas, y las risas y el amor no son una farsa, sino fruto de la necesidad de un descanso bien ganado y del amor por los seres queridos a los que casi no se puede ver durante la aciaga semana.



Pero estas familias humildes, a las que pertenecemos casi todos nosotros, han pasado inadvertidas a la mayoría de pintores, deslumbrados por el oropel de la nobleza o la fortuna de la sociedad burguesa, de la que solían formar parte. Ellos eran los que remuneraban al pintor y a su servicio estaban. Don Dinero, una vez más, imponía sus reglas: los cuadros habían de mostrar una sociedad próspera en la que solo resplandecieran los blasones. Esas horas ingratas, ese esperpento de la realidad, vista a través de un espejo convexo que solo reflejara la belleza, son falsas.



Las horas serenas son uno de los pocos patrimonios del explotado, nunca podrían ser un bien más del explotador, que vive siempre en la abundancia y, por tanto, dichoso. Las horas serenas son los momentos mágicos en los que la mayoría de nosotros podemos permitirnos el lujo de alejarnos de los sinsabores cotidianos para danzar al ritmo que nos pide el corazón, sin pensar en el deshonesto mañana. 



Esta es mi hora serena. Mis dedos bailan alegremente sobre el teclado mientras brilla en mi mente la luz de la inspiración y del amor.



Maria Oreto Martínez Sanchis