¡Oh corazón justo
que late con fuerza
y tolerancia!
¡Oh imagen desgarrada,
que impacta en mi retina
como lágrima salada
en mi mejilla!
¿Qué hacer ante tanta
injusticia derramada?
¿Cómo soportar en silencio
la amargura de tanta intolerancia?
Somos duros, somos crueles
y, al mismo tiempo,
calladamente culpables
por aceptar el sufrimiento ajeno,
porque nuestro corazón
tolera resignado,
como una bendición,
la injusticia del resto del mundo