Damián se quedó solo, confuso, débil y asustado. Pasaron unos minutos antes de que entrara la aurora en todo su esplendor por la puerta, o al menos algo así pensó Damián.
-Me ha dicho Ernesto que estás mejor. Sabes, me asusté mucho al conocer lo que te había pasado. Pensé que, si no te hubieras detenido para ayudarme con el cachorro, tal vez no hubieras chocado contra el camión porque no hubieras estado allí, tú ya habrías pasado. Me sentí, francamente, muy mal.
Damián recordó entonces al pequeño cocker, responsable indirecto de todas sus incertidumbres. Si no hubiera aparecido de la nada el cachorro, él nunca se hubiera replanteado su vida ni sus acciones. pensó que tenía que dar el do de pecho y jugarse su vida a una sola carta.
-Araceli, mira, creo que no conoces a la mujer que amo y quiero mostrarte una foto. ¿Me traes la cámara que tengo guardada en el escritorio, por favor? Pide la llave a Mercedes.
La luz de la cara de Araceli se apagó. Ella no deseaba, por nada del mundo, ver la cara de la novia de Damián. Si había huido de la habitación como huyendo del fantasma de sus disgustos al saber que se esperaba su visita.... Cabizbaja pidió la llave del escritorio a Mercedes, la auxiliar, lo abrió, buscó la cámara, cerró el mueble y se presentó en la habitación tendiéndole la cámara al joven.
Éste la conectó, enfocó a Araceli, que miraba un punto en el vacío infinito, y disparó la cámara.
-Araceli, acércate y verás qué guapa, aunque en esta foto parece un tanto distraída...
Cuando Araceli, seria y nerviosa se aproximó, Damián volvió la pantalla de la cámara digital Canon y la joven se contempló a si misma en actitud abatida.
Al principio no comprendió, después su cara mostró enfado como si de una burla se tratase, por último preguntó a Damián:
-Oye, ¿no te has equivocado de foto? Esa soy yo, no tu novia.
-Nunca te he dicho, Araceli, que fuera a enseñarte una foto de mi novia, sino que quería mostrarte a la mujer que amo. Y aquí la tienes.
Los lagos tranquilos se transformaron en una auténtica tempestad cuando empezaron a desbordarse en forma de lágrimas, que rodaron por las mejillas de la joven. Lágrimas que no cejaban en su empeño de surcar el rostro de Araceli hasta llegar a su boca. No comprendía qué había pasado, no podía entender nada. Por fin, Damián pronunció las dos palabras con las que nunca había regalado los oídos de otra mujer:
-Te quiero, Araceli, mi Altar del Cielo, desde hace mucho tiempo, pero sólo fui consciente de mi amor poco antes del accidente. La vida me brinda una oportunidad para cambiar y te pido, por favor, que me aceptes, aunque sea algo lisiado... Bueno, si es que sientes algo por mí.
-Yo también te quiero, Damián, desde el primer instante que te ví.
Araceli se sintió, por vez primera, protagonista de una novela, la de su propia vida. Poco tiempo después, en cuanto Damián se hubo repuesto, se casaron y son, por el momento, muy felices