dilluns, 5 de juliol del 2010

POR FIN TRIUNFÓ EL AMOR (Novela rosa)

En el Otro Mundo nuestro amor sublime se hará realidad.

Éstas fueron las últimas palabras pronunciadas por Andrés, el protagonista de la novela de amor que acababa de terminar Araceli, una joven enfermera con un turno de noche tranquilo. La muchacha leía este tipo de literatura como si, con ella, pudiera consolarse de su negra fatalidad.

Araceli era una bellísima joven de veinticinco años alta, elegante y con curvas proporcionadas, que dejaban con la boca abierta a todo aquél que la miraba. Sus labios carnosos se abrían siempre en una sonrisa resuelta que infundía ánimo a todos sus pacientes y que hablaba de su competencia como enfermera. De hecho, era dulce y muy trabajadora, además de conocer muy bien su oficio. Su cabello negro-azabache contrastaba con la blancura nacarada de su rostro, que presentaba un leve tono rosado natural en las mejillas. Los ojos grandes y verde-azulados se abrían con fuerza y simpatía a la vida.

Todos lo que no la conocían suponían que debía de tener muchos pretendientes, y así era. Pero ella había puesto sus ojos, años antes, en un hombre del que se enamoró perdidamente, y perdida, sin encontrar la salida del laberinto, continuaba. Él, Damián, un joven médico del hospital, era el único hombre que no la había descubierto, hasta el punto que, habiéndose conocido siete años antes, había encontrado novia con la que pensaba casarse.

Araceli opinaba que se iba a quedar , como decían las abuelitas, para vestir santos porque ella creía en el amor a primera vista y sus ojos, desde que se habían posado en los de Damián, habían quedado prisioneros y ya no habían vuelto a ver la luz.

La joven era la enfermera ayudante del doctor Damián López, por lo tanto su relación era muy estrecha desde hacía cinco años.

El doctor López era un hombre que frisaría los treinta y cinco años, encantador, simpático y dicharachero como ninguno. Todas las enfermas y la mitad de las enfermeras estaban enamoradas de él, unas veces en secreto y otras públicamente. No le faltaban posibles amantes al acecho; por todo ello, Araceli veía su futuro con el doctor negro como el carbón, y no el carbón de azúcar...

Damián no perseguía a niguna mujer en concreto, todas podían darse por aludidas porque, por su carácter, parecía que a todas y a cada una de las féminas les tirara los tejos. A todas, excepto a Araceli. Si Damián tenía alguna amante, nadie sabía quién era. Podía tratarse de cualquier enfermera, incluso de alguna paciente de buen ver por la que bebiera los vientos y estuviera dispuesto a incumplir el código deontológico*, que veda las relaciones médico-paciente.

Araceli se conformaba, desde hacía cinco años, con leer novelas de amor, aunque esta última no había satisfecho sus espectativas, ya que la joven deseaba que los enamorados se quedasen juntos y felices en la tierra, no que hubieran de esperar a un hipotético paraíso para convertir en realidad sus anhelos. Para hipótesis ya le brindaba bastantes, sino demasiadas, la vida real.

Damián López miró disimuladamente hacia donde se encontraba su arisca enfermera. Era preciosa..., y tan simpática y agradable con todo el mundo... ¿Qué le había hecho él para no poder participar de su alegría natural?

Se habían conocido siete años antes cuando Araceli llegó al hospital como alumna de Enfermería. Él había sido su profesor de Anatomía. Enseguida intuyó en la joven una gran inteligencia y predisposición para el aprendizaje y el trabajo. Pronto descubrió también que se sentía atraído por ella, pero, a pesar de ser un hombre con éxito entre las mujeres, no había sido afortunado con la que más le gustaba, ya que no le hacía caso. Finalmente había encontrado novia, que no el amor, en una amiga de su hermana a la que conocía de toda la vida, porque había llegado ya a la edad de sentar cabeza y formar una familia, como solía pensar, ya que, a pesar de todo, era un hombre algo chapado a la antigua.

Acabó el turno de noche, Damián se quitó la bata con parsimonia, la colgó en el ropero de su despacho, cogió su maletín de tafilete marrón y salió cerrando con llave. Corredor abajo vio cómo descendía el ascensor, que cogería un par de minutos después.

Al llegar al aparcamiento subterráneo, a poco más de un metro de la puerta del ascensor, observó a Araceli agachada, con un perrito cocker color miel en brazos. No debía de tener más de un mes el cachorrito.

-Araceli, ¡qué monada! ¿Es tuyo?- preguntó Damián sonriendo.

_¡Nooooooo! Pero me parece que pronto lo será, a no ser que alguien lo reclame, ya que creo que está abandonado. ¿Verdad que es precioso? Siempre he querido tener uno...¡Uuy, ricura, preciosidad! -piropeaba la joven mientras acariciaba al animal- Mira cómo lame mi mano... Mmmm...¿Tendrá hambre?

Damián se sorprendió ya que nunca, hasta ese momento, habían cruzado más que las palabras indispensables entre alumna y profesor o entre médico y su enfermera. Indudablemente Araceli se sentía muy feliz, pensó.

-Es precioso, Araceli. ¿Tienes sitio donde instalarlo? Porque un piso no es el lugar más adecuado.

-Tengo sitio en casa de mis padres. Ahora lo meteré en esta bolsa y lo llevaré. Si me dicen que no se pueden hacer cargo....-susurró con pena-, lo llevaré a un centro de acogida para que lo adopten, aunque creo que lo aceptarán.


Damián ayudó a la joven a colocar el cachorro en el coche y se despidió.

Por primera vez había caído en la cuenta de que tenía un defecto, él que se consideraba el hombre perfecto. No estaba acostumbrado a dar el primer paso ante una mujer; de hecho, había sido su novia la que le había pedido que salieran juntos y también ella le había declarado su amor. Damián, harto de vivir solo, se había dejado arrastrar hacia un futuro incierto. No estaba enamorado de Claudia y pensaba que a ella, más que su persona, le atraía su posición social, porque, aunque perteneciera a una buena familia, no tenía un céntimo.

Por primera vez en tantos años comprendió que a Araceli le ocurría lo mismo que a él. Era una mujer que lo tenía todo, incluso pretendientes, ¿por qué se había de fijar en un pobre diablo como él que no tenía agallas para buscar una mjer de la que enamorarse plenamente y hacerla suya?

Por primera vez descubrió que estaba siendo un auténtico imbécil y que, si no se arriesgaba en el amor, nunca lo alcanzaría. Él, que era un gran médico al que no temblaba el pulso cuando había de decidir sobre el tratamiento de un paciente, todo poderoso sobre la vida y la muerte, era un auténtico cretino y un cobarde en sus relaciones personales.

Había mantenido varios noviazgos que habían acabado igual: Sus novias lo habían abandonado hartas de no sentirse amadas, sólo eran el objeto humano usado para desahogarse.

Sumido en sus reflexiones y sin prestar atención a la conducción, rememoró el feliz día en que, siete años atrás, había entrado por primera vez a un aula en calidad de profesor. Sus ojos se posaron alegres y optimistas en otros de color verde-azulado, tranquilos como lagos en calma, que le miraban con admiración. Y entonces lo supo, ella...



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-Ella... me miraba como si...

La voz agonizante de Damián atrajo solícita a la preocupada Araceli.

-Damián, Damián...

El joven fijó, incrédulo, sus ojos en los dos lagos y musitó:

-Tú, tú... siempre has sido tú.

La joven no comprendía a qué se refería Damián en su delirio, pero se quedó con él sosteniéndole la mano hasta que lentamente volvió a caer en un pesado sopor.

Cuando volvió a despertar, su prometida estaba a su lado. Fue Claudia la que le contó que había sufrido un horrible accidente y que durante días había estado al borde de la muerte.

-Quiero hablar con Ernesto para que me explique mi situación - habló con preocupación Damián.

Ernesto era el compañero que lo atendía en la planta de Traumatología donde estaba ingresado.

Hasta el día siguiente Damián, que no sentía el menor interés de tener cerca a Claudia, no pudo hablar con Ernesto, un buen médico, compañero y amigo.

-¿Qué tal , chavalote? Creíamos que te perdíamos pero vas a continuar dándonos guerra. ¿Qué te pasó? ¿Recuerdas el accidente?

-Mira Ernesto, me ocurrió algo muy raro ya que descubrí en mí un monstuo y no el hombre perfecto que siempre he deseado ser. Tú estás casado y enamorado, se te nota, tienes dos hijos... ¿Y qué tengo yo?

-Pero vamos, chaval, Claudia es muy guapa y es tu novia. A ver si tenemos amnesia, ¿eh?

-¡No amo a Claudia! Amo una quimera que no sé si existe. La única mujer que me interesa y por la que me arriesgaría es Araceli, mi enfermera.

Ernesto estalló en grandes y fuertes carcajadas. Era un hombre alto, fuerte y con buen humor.

-¡Hombre, puestos a elegir..., me pido a la más guapa! Chaval, tú no eres tonto, ¿eh? Mira, te la voy a enviar de inmediato a que te cure la pierna, ¡a ver si tienes un par... y te declaras!