A Ximo
Cuando se acababa el verano
se apagó el centelleo de tus ojos,
el mar azulado de tu mirada
que sólo los sueños me permiten rememorar.
Porque ahora sólo perteneces al mundo onírico,
sólo así puedo revivirte plenamente.
Recuerdo el gozo de tu presencia,
que me permite olvidar los acantilados
a que nos aboca la existencia,
que ya no viviremos juntos.
Retornaste a los orígenes,
a la tierra de quien nacemos.
Nuestra madre, la materia
de la que somos creados todos.
Ya no estás aquí, bien cierto es.
Nunca más contemplaré el azul
indiferente de tus bellos ojos.
No estás aquí materialmente,
pero siempre permanecerá la nobleza
de tu espíritu sublime.