ROMANCE DE JAIME I
La reina María
de la Corona de Aragón
lloraba de pena en la cama,
sola y deseperada.
Su marido el rey,
que era un gran señor,
enamorado andaba de otras
y no era fiel, no.
La reina María,
casada y sin marido,
no aceptaba a nadie
que le hiciera cumplidos.
Los halagos odiaba
y con valentía anhelaba
tener un hijo sano
del que el rey se mostrara ufano.
Una treta tramaron
sus fieles servidores
para conseguir que el rey
fuera suyo por una noche.
-Mi señor Don Arnau,
pido a vuestra merced
ayuda liviana
para nuestra soberana.
Sabéis, mi buen Arnau,
que el rey Don Pedro
infringe la promesa
de dar un heredero.
Montpeller está de luto,
Barcelona ve impotente
las rebeliones de Aragón
contra todas sus gentes.
Sólo la real simiente
en las entrañas de la soberana
conseguirá calmar las luchas
entre personas hermanas.
-Mi buen Don Guillem,
razón tenéis vós.
Pero qué podría hacer
en vuestro favor.
-Muy fácil, hermano.
Sólo decir a vuestro soberano
que esta noche yacerá
con su hermosa amante.
La reina delante
en la habitación entrará.
Y juntos y a oscuras,
un hijo engendrarán.
Acordado el trato
y cumplido el hecho,
los reyes yacieron
en el mismo lecho.
Al alba indiscreta,
juntos como hermanos
entraron los ministros,
obispos, señores y doncellas.
-Vive Dios, ¿quién va?-preguntó
el rey al divisar los cuerpos
que fantasmales parecían muertos.
-Apaciguaos, mi señor.
Mirad a vuestro lado
y esperemos que el hado
forje una figura humana
en las entrañas de la soberana
que tenéis a vuestro costado.
El rey reconoció a la reina
y aceptó que todo ocurriera
como a Dios placiera.
Nueve mese después
el gran rey Don Jaime
nació en Montpeller.
¡Fue un día grande!