Y
SURGE EL DÍA
Centellean
las luces
sobre
la ciudad de los muertos vivientes,
dormilones
erráticos que se consumen en sueños.
¡Sueñan
las horas el despertar!
Vigila
el astro las macilentas calles dormidas...
Un
silencio atávico nos acerca a la muerte
que
se contonea como una puta vieja.
¡Sueñan
las horas el despertar!
Los
gatos del callejón de los espejos cóncavos
se
desperezan aguardando el filtro solar.
Son
gatos negros como las mismas sombras.
¡Sueñan
las horas el despertar!
Delgados
jazmines ajados mueven sus caderas
espurias,
atractivo de un cuerpo sin alma
acostumbrado
a las estrellas nocturnas,
avezado
a los compradores de felicidad,
que
pagan un ochavo de ambrosía
al
precio de un céntimo de honradez.
¡Sueñan
las horas el despertar!
Aparecen,
lentamente, las calles
que
surgen de entre las sombra fétidas
a
través de un rayo de sol que las enciende en la penumbra.
¡Suena
el reloj en el campanario!
¡Canta
el gallo alentando a las gallinas!
La
aurora pasea el volcán de su hechizo que encandila al día.
Transcurre
apagada la historia de la fortuna
que
llora, indiscreta, en aras de la guerra
que
hunde el mundo en la cellisca fría.
Maria
Oreto Martínez Sanchis
