dissabte, 25 de setembre del 2010

SALOMÉ



Desnudos los níveos hombros


y envuelta en transparentes tules,



danzaba Salomé al ritmo de la lira.



Embelesado Herodes no cesaba de mirar



el contoneo de las redondas nalgas y su baile sensual.



Sus ojos oscuros brillaban lascivos



contemplando el movimiento del vientre plano y liso,



coronado por dos pechos firmes como rocas.



Deseaba el rey poseer tal beldad,



llevarla a su lecho para deshojarla.



Despojarla de tules, soltar sus cabellos,



enredar sus dedos entre el azabache de su pelo.



Aspirar su olor, embriagarse en su aroma,



acariciar voluptuosamente los picos enhiestos



de sus pechos de diosa.



-¿Os gusta, mi señor? –preguntó Herodías.



-Es muy bella vuestra hija, señora mía.



-En vuestro tálamo esta noche podría yacer,



con tal que cumplierais su parecer.



-¿Permitiríais vos, mi señora esposa,



que fuera mía por una noche sola?



-Llamadla esta noche a vuestro aposento



y ella os sacará de vuestro tormento.



Cuando el rojo sol por el horizonte



lanzó los últimos lamentos en su agonía,



Salomé entraba en la alcoba fría de su rey y tío



por orden de su madre, la reina Herodías.



Herodes la abraza, desgarra los tules,



nota el cuerpo joven sobre el suyo duro.



Contempla sin velos los pechos que añora,



los labios turgentes besa y devora.



-Mi señor, ¿sois dichoso? –pregunta Salomé.



-Mucho, hermosa niña, pero aún más lo seré



cuando sienta tu cuerpo fundido con el mío,



cuando note esos pezones que ahora acaricio



duros y hundidos sobre mi cuerpo anhelante.



-Solo una cosa, padre mío, os pediré



a cambio de llenaros de dicha infinita.



Decidme, mi niña, ¿qué deseáis?



-Una nimiedad, sólo la cabeza que tanto molesta.



Una cabeza que vos odiáis.



-Una cabeza importa bien poco,



abrid vuestras puertas: Concedida está.



Maria Oreto Martínez Sanchis